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Si las puertas están cerradas, uno tiene que construir las suyas

Por Rodrigo Sáenz —
Identidad (02)

Identidad (02)

Pocas constantes se han aparecido en mi vida. La arquitectura es una de ellas. No sé si podría hablar de un momento específico donde todo cambió o si es algo más platónico, algo que viene inscrito desde el principio. Una pregunta para los filósofos. 
Mis papás no fueron arquitectos. No crecí rodeado de arte. Fue en el rincón de una escuela católica privada donde me refugiaba dibujando ciudades imaginarias. Hoy sé que ese era mi escape de un mundo al que nunca me sentí cuadrado. 

Al mismo tiempo pertenecí a una orquesta sinfónica. Dos lenguajes distintos, la misma función. Siempre he dicho que el arte me salvó. 

Nadie me enseñó a dibujar. Entre el niño, el adolescente y el adulto, construimos juntos el estilo que hoy manejo en mi trabajo. En el mundo donde crecí no germinaron muchos artistas. Yo mismo elegí la arquitectura antes que las artes plásticas por una cuestión de tabú. Soy arquitecto de profesión, pero la línea entre los dos caminos nunca desapareció del todo. 
En la escuela de arquitectura el dibujo a mano ya era una reliquia. Se enseñaba más como un fetiche nostálgico que como una manera profesional de hacer proceso conceptual. Había muchos maestros que sabían dibujar, pero pocos alumnos que aprendieran, incluyéndome. Nos enseñaron una infinidad de programas que en teoría hacían más fácil y rápido el trabajo. Los arquitectos nunca dejaron de desvelarse. Solo cambiaron el estilógrafo por el monitor. 

Corona de Dussein, dibujada a mano por Rodrigo Sáenz

Corona de Dussein

Mi carrera artística y mi carrera como arquitecto iban en paralelo. De vez en cuando coincidían, pero eran raros los momentos donde chocaban. Fue hasta la vida profesional donde esas dos líneas se volvieron una. Trabajé en un gran despacho como desarrollador artístico. Pocas horas en el monitor, muchas horas con la tinta, la acuarela, el grafito. 
Nos llamaban los artistas — con un aire de solemnidad. La mayoría de los arquitectos ven el trabajo manual como una reliquia de tiempos arcaicos. Yo lo vivo como una ventaja. 

Fue durante ese período cuando la IA empezaba a salir al público. Los artistas siempre hemos sido ludistas. Desde la llegada de la fotografía hasta el Photoshop, creemos que vamos a ser desplazados. Pero creo que lo único que provoca es la revalorización del arte análogo. 
Hay algo místico en las cosas hechas con la mano del hombre. Algo que la máquina a día de hoy no puede replicar. Hay una palabra que hoy está un poco castigada por superficial: glamour. Que no es más que un hechizo provocado por un objeto a los sentidos del hombre. Cuando veo las imágenes de IA son impresionantes, pero siguen siendo inglamurosas. No tengo miedo a la IA. Los arquitectos van a seguir desvelándose, ahora con nuevos motores. 

Dibujo por Rodrigo Sáenz

Mi postura es clara: no dejes que la IA escriba por ti, pero sí que te enseñe a escribir. No dejes que haga el arte, pero sí que te ayude a documentar, promocionar y crear estrategias. El acto de la creación y la emoción que conlleva son, en mi pensamiento, algo divino. 
No ha habido cliente que no reaccione de manera positiva a un dibujo a mano. Todo gracias a la magia del glamour —que a día de hoy sigue siendo de y para los humanos. 

Hoy soy artista independiente y sigo trabajando para despachos. Estoy construyendo mi proyecto personal de la mano de las nuevas herramientas, pero siendo cuidadoso con ellas. Uno de los principios de mi trabajo es la autenticidad. Probablemente sea la base de todo, y con ese valor como norte. 
No quiero dar consejos a los arquitectos jóvenes porque aún me encuentro parado ahí. Pero he confiado en mi instinto. Pareciera que las puertas están cerradas, y si es así, uno tiene que construir las suyas. 

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